Cuando el silencio gana...

20 abril 2009
Era el silencio, lo que me inquietaba aquella noche era aquel silencio mordaz. La lluvia que se precipitaba sobre las calles se había quedado de pronto completamente muda. Lo que en un principio me había parecido un cambio climático no más que sorprendente, se convirtió en un miedo irracional tan pronto vi por la ventana que la lluvia no había amainado. Recuerdo ver a mi reflejo en la ventana quedarse pálido ante la posibilidad de haberme quedado sordo de pronto, y sin embargo, de algún modo, sabía que no era así. Por alguna razón suponer que las leyes físicas habían dejado de tener validez se me antojaba más fácil de creer que la aparición infortunada de una sordera repentina.

Me deslicé con suavidad hasta mi armario con intención de vestirme y salir a ver que había pasado con el sonido del mundo. La inquietud aumentaba a cada paso sordo, a cada crujido de la madera que notaba bajo mis pies y cuyo sonido no parecía llegar nunca hasta mis oídos. De haber estado lo suficientemente despierto como para darme cuenta de lo que estaba pasando, lo más probable es que me hubiera vuelto completamente loco.

Ya junto al armario sentí un escalofrío que recorría mi cuerpo al tiempo que notaba como se mojaba mi piel. Noté el impacto de miles de gotas de agua contra mi cuerpo semidesnudo que, aparentemente en vano, intentaba terminarse de vestir ante una siniestra lluvia que de pronto había brotado en el interior de mi propia habitación.

No eran goteras como pueda creer un lector que no hubiera vivido lo acontecido aquella noche de invierno, las gotas de agua simplemente atravesaban el techo como si de humo se tratara, como si la ausencia de sonido hubiera también alterado las leyes más sagradas que regían el universo y la materia.

Aunque a uno le hubiera sido vetado el don de la audición años atrás y en su casa no hubiera caído de pronto un siniestro diluvio sin aparentes goteras, podría haber sentido en el aire cargado que bañaba la oscuridad que aquella noche era, como poco, extraña. La fría brisa de las noches de invierno pasadas se había templado, y el viento que otros días hubiera podido arrancar pequeños arboles del suelo con su furia descontrolada se había quedado inmóvil, como si el cambio también a él lo hubiera dejado asustado.

La calle estaba desierta cuando llegué al portal de mi casa empapado y vestido mal que bien con unos pantalones de pana negra, una camisa que en otro tiempo fue blanca y una chaqueta vaquera que no terminaba de abrochar. Hacía un insólito calor a pesar de la lluvia que impactaba en el frío asfalto de la carretera fantasma. Y el silencio, aquel sórdido e inquietante silencio, ayudaba a potenciar aquel clima de oscuridad y misterio.

Al fondo de la calle, donde la vista apenas alcanzaba a ver figuras borrosas y desdibujadas, vi resplandecer una luz roja intensa que me heló la sangre. Era una luz que provenía de unas inmensas llamas doradas que brotaban del mismo suelo y rodeaban con sus lenguas incandescentes todo aquello que se les acercaba.

Y sin embargo no fue miedo lo que sentí ante aquella visión de horror que inmediatamente interpreté como el infierno alzándose en la tierra. Solamente sentí lástima. Lástima por las gotas de agua que se evaporaban antes de haber podido tocar tierra. Lástima por aquellos edificios de fría piedra que tan majestuosos habían sido antaño y que sin embargo ahora se doblaban sobre sus cimientos bajo las caricias de aquel siniestro baile de calor y llamas.

Y sobretodo, más allá del miedo o la pena, sentí lástima por no ser capaz de escuchar, más que fuera un momento, aquellas llamas de oro que iban a terminar conmigo.

Como ya dije en un principio, lo peor de aquella noche... fue el silencio.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

hola sergio ante todo decirte que estoy enganchada a tu blog,a veces al leerlo siento que estoy hallanando tu espacio,tu intimidad pero la curiosidad se apodera de mi y sigo leyendo y entonces es cuando al final del texto suelto las palabras magicas ¡que identificada me siento!.
Relatas de forma inigualable cada pensamiento,cada sentimiento que pueda percibir un ser humano que me haces empatizar como quizas nunca lo habia hecho.
Se que son tus pensamientos pero te queria dar las gracias y por ello me he animado a firmarte al fin.Gracias porque aun sin conocerte y relatando hacia la tristeza tu haces que me sienta bien,cuando no tengo ganas de nada miro tu blog y al leerlo es como ese libro que no quieres que termine nunca pero no puedes dejar de leer.Me encantaría poder escribir mis pensamientos todo lo que en mi ser siento con esa fluidez pero supongo que no todos servimos para lo mismo aunque...yo lo seguiré intentando ;)
bueno querido sergio espero que esta pequeña intromisión en tu charco no te ofenda y aunque te vaya a poner anonimo por verguenza recuerda que en un rinconcito del mundo una muchachilla se identifica con tus palabras a la cual alegras al leerlas.
espero que todo te vaya bien sergio y abrir algun dia el blog y ver que todo es positivo,que de lo bueno tambien hay mucho que contar aunque no salga tan fluido ;)
un gran saludo de esta admiradora

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Gracias por colocar tu gotita en mi charco ;)