Transporte público

13 febrero 2009
Me subo en el autobús y apenas tres caras me acompañan, hay sitio de sobra. La temperatura es aun más fría en el interior que fuera, quizás el conductor sea novel y no sabe ni como desconectar el aire acondicionado. Tampoco importa.

Como siempre, avanzo hasta el final del auto y me siento en la última fila para poder ver a la gente subir y bajar, cada cual con sus vidas, con sus risas, con sus pensamientos y emociones.

Hoy sin embargo el bus va casi vacío, y de las tres personas que van conmigo dos se bajan en la siguiente parada. No sube nadie.

Estoy tan acostumbrado al agobio del transporte público a hora punta que me extraña tanta soledad. ¿Será porque es viernes? ¿Habrá pasado algo y no me he enterado?

Pronto me doy cuenta de que la única persona que queda en el vehículo a parte de mi, me está mirando fijamente. Es una chica de ojos verdes azulados como el océano, tan claros que se percibe su brillo desde mi posición, en el lado contrario del auto. Su pelo es claro también, de un color rubio que roza casi el marfil, y le cae como dos cataratas de oro blanco a ambos lado de su pálido rostro.

Intento mirar hacía otro lado y me concentro en la ventana, en las calles desiertas que avanzan con enorme velocidad desdibujando sus contornos y transformándose en manchas de colores difusas e incorpóreas.

Tampoco en la calle se ve a nadie pasar, ni hay más coches en la calzada. Casi agradezco la única presencia de aquella chica tan rara, pese a que su mirada tan fija y tan clara me cohibe y me pone nervioso hasta el punto de resultarme insoportable.

Pero se baja, poco minutos después parece que ella también ha llegado a su parada, y mientras el autobús se pone en marcha de nuevo veo como su silueta se pierde a lo lejos de una calle muy ancha y muy larga que va a parar a las afueras de la ciudad.

Ya solo estamos el conductor y yo, pienso apenado, y por un vago intento de vencer la monotonía del paisaje, me levanto y avanzo hasta su cabina para entablar una conversación de esas que se tienen por mera distracción y no conducen a nada.

Cuando llego, sin embargo, veo mi propio rostro concentrado, con la mirada fija en la carretera y ambas manos sobre el volante. Soy yo quien conduce.

Quizás cualquier otro se hubiera asustado ante tal visión, pero yo ya estaba acostumbrado a conducir mis propios railes, a mantener estúpidas conversaciones con un espejo de cuarto de baño.

Me senté de nuevo y esperé a mi parada, que a cada minuto que pasaba parecía estar más lejos.

Y aun espero su llegada... y aun sigo solo.

3 comentarios:

Paco dijo...

Cada relato que escribes me da que pensar.
Tienes un interior intenso que aparede en todos ellos.
Es curioso esta alegoría de la soledad en la que te ves inmerso. Pero ojo, que cuando te niegas la compañia (escena de la joven de ojos verdes) Te estás haciendo un flaco favor.

Cuando la parada no llega lo mejor es no esperar y bajarse en la próxima...

Buen fin de semana
Un abrazo

Anónimo dijo...

Me gusta mucho tu blog. No dejes nunca de escribir porque haces música y eso sólo lo consiguen algunos privilegiados.

http://lacuevadelosduendes.blogspot.com

Pablo dijo...

Anónimo tiene razón: Yo también leo mucho tu blog porque... no sé, de alguna extraña manera, haces de la tristeza y la melancolía algo hermoso, es como si la comprendieras desde otro prisma... algo que me falta a mi. Quizá por eso lo leo tanto, para entender mejor este tipo de sentimientos... bueno, y además porque escribes demasiado BIEN!! ;)

http://unjovenincoherente.blogspot.com

Saludos del Tercer Mundo =)

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Gracias por colocar tu gotita en mi charco ;)