La Escritora

06 septiembre 2008
Este relato va dedicado a los que leen, a los que escriben, a los que sueñan, a los que ríen, a los que lo intentan, a los que apoyan,… a los que viven.

Pero más allá de todos ellos, va dedicado a mi escritora.


La suave tinta del bolígrafo se deslizaba rauda por el papel amarillo papiro de su cuaderno personal. Trazaba letras perfiladas con una caligrafía cuidada al milímetro, perfecta, pura, única. Cada vez que la punta se elevaba del papel se podía oír el suspiro del viento al secar la tinta con una suavidad nacida de cada palabra escrita.

Cada letra que contorneaba se unía a las demás en un continuo baile de figuras anónimas, que al juntarse adoptaban la identidad mística de una historia por contar. Cada palabra relataba un minúsculo detalle extra del paisaje otoñal que se comenzaba a perfilar a lo largo y ancho de la habitación de la joven.

A cada coma se realzaba el color de las hojas cálidas que caían de los enormes arboles ancestrales, que bordeaban el pacifico rio que descendía de la inmensa montaña. Cada párrafo hacía brotar algo nuevo en el paisaje, una nueva ave de blancas plumas que volaban al son incansable de la música que hacía el bolígrafo al deslizarse entre sus dedos.

La habitación se transformaba en apenas unos segundos, en un universo de años de historia y majestuosidad. En un paisaje de fantasía y realismo a la par. En un escenario de colores oscuros y claros, que se enroscaban en las paredes que rodeaban a la escritora aquella noche de caluroso verano.

El sonido de las hojas al pasar se fundía con el de las aguas al caer rio abajo, con el de los pájaros, y con el del mar del horizonte.

Cuando la escritora puso el último punto de aquel día, se dio la vuelta un instante para contemplar el mundo que había creado, a buscarle cualquier minúsculo fallo que se pudiera arreglar quizás con una puntuación diferente o con algún adjetivo más.

Finalmente cansada, tapo el bolígrafo para que no se secara y cerró con suavidad su cuaderno de hojas color papiro. Y cuando lo hizo y se levanto para ir a la cama, su habitación volvía a tener solo cuatro paredes, y una mesa de pino al lado de la ventana.

Ojala todo el mundo fuese capaz de sentir la magia que hay en las palabras pensó, y sin más se quedo dormida.

2 comentarios:

Sole-di-septembre dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
Grace dijo...

Me encanta tu forma de relatar, la forma que tienes de poner los detalles como por ejemplo como describes la caligrafía. Es un buen relato ^^
Sigue así.
Saludos!
Pd: Sí, ojalá todo el mundo pudiese sentir esa magia...

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Gracias por colocar tu gotita en mi charco ;)