Cuando el silencio gana...

Era el silencio, lo que me inquietaba aquella noche era aquel silencio mordaz. La lluvia que se precipitaba sobre las calles se había quedado de pronto completamente muda. Lo que en un principio me había parecido un cambio climático no más que sorprendente, se convirtió en un miedo irracional tan pronto vi por la ventana que la lluvia no había amainado. Recuerdo ver a mi reflejo en la ventana quedarse pálido ante la posibilidad de haberme quedado sordo de pronto, y sin embargo, de algún modo, sabía que no era así. Por alguna razón suponer que las leyes físicas habían dejado de tener validez se me antojaba más fácil de creer que la aparición infortunada de una sordera repentina.

Me deslicé con suavidad hasta mi armario con intención de vestirme y salir a ver que había pasado con el sonido del mundo. La inquietud aumentaba a cada paso sordo, a cada crujido de la madera que notaba bajo mis pies y cuyo sonido no parecía llegar nunca hasta mis oídos. De haber estado lo suficientemente despierto como para darme cuenta de lo que estaba pasando, lo más probable es que me hubiera vuelto completamente loco.

Ya junto al armario sentí un escalofrío que recorría mi cuerpo al tiempo que notaba como se mojaba mi piel. Noté el impacto de miles de gotas de agua contra mi cuerpo semidesnudo que, aparentemente en vano, intentaba terminarse de vestir ante una siniestra lluvia que de pronto había brotado en el interior de mi propia habitación.

No eran goteras como pueda creer un lector que no hubiera vivido lo acontecido aquella noche de invierno, las gotas de agua simplemente atravesaban el techo como si de humo se tratara, como si la ausencia de sonido hubiera también alterado las leyes más sagradas que regían el universo y la materia.

Aunque a uno le hubiera sido vetado el don de la audición años atrás y en su casa no hubiera caído de pronto un siniestro diluvio sin aparentes goteras, podría haber sentido en el aire cargado que bañaba la oscuridad que aquella noche era, como poco, extraña. La fría brisa de las noches de invierno pasadas se había templado, y el viento que otros días hubiera podido arrancar pequeños arboles del suelo con su furia descontrolada se había quedado inmóvil, como si el cambio también a él lo hubiera dejado asustado.

La calle estaba desierta cuando llegué al portal de mi casa empapado y vestido mal que bien con unos pantalones de pana negra, una camisa que en otro tiempo fue blanca y una chaqueta vaquera que no terminaba de abrochar. Hacía un insólito calor a pesar de la lluvia que impactaba en el frío asfalto de la carretera fantasma. Y el silencio, aquel sórdido e inquietante silencio, ayudaba a potenciar aquel clima de oscuridad y misterio.

Al fondo de la calle, donde la vista apenas alcanzaba a ver figuras borrosas y desdibujadas, vi resplandecer una luz roja intensa que me heló la sangre. Era una luz que provenía de unas inmensas llamas doradas que brotaban del mismo suelo y rodeaban con sus lenguas incandescentes todo aquello que se les acercaba.

Y sin embargo no fue miedo lo que sentí ante aquella visión de horror que inmediatamente interpreté como el infierno alzándose en la tierra. Solamente sentí lástima. Lástima por las gotas de agua que se evaporaban antes de haber podido tocar tierra. Lástima por aquellos edificios de fría piedra que tan majestuosos habían sido antaño y que sin embargo ahora se doblaban sobre sus cimientos bajo las caricias de aquel siniestro baile de calor y llamas.

Y sobretodo, más allá del miedo o la pena, sentí lástima por no ser capaz de escuchar, más que fuera un momento, aquellas llamas de oro que iban a terminar conmigo.

Como ya dije en un principio, lo peor de aquella noche... fue el silencio.

Pero todo fue diferente...

El cambio es insignificante, quizás cualquier otro que no se parase un tiempo a observarlo no se percataría y tacharía de iguales los días que pasan lentamente ante mis ojos. Yo, sin embargo, llevo demasiado tiempo en esta pequeña charca como para no notarlo: cada día es un poco más oscuro que el anterior, cada amanecer un poco más perezoso y tardío, cada noche un poco más fría...

Hay veces en que, como cualquier otro, yo mismo dejo de notar como se oscurece mi alrededor. Dejo de prestar atención a las notas silenciosas de esta melodía que se ha vuelto tan monótona y aburrida. Dejo de prestar atención a esos rayos de luz que tantos años me han acompañado y que ahora muestran sus últimos destellos por una causa que saben perdida.

Pero hay otros días en que, al levantarme, me inunda la nostalgia y recuerdo aquellas gotas de agua fría que se evaporaron, aquellos rayos de luz que se apartaron de mi lado dejándome a oscuras, aquellas lágrimas que derramaba sin motivo y tanto me llenaban...

Anoche me sentí a oscuras de nuevo y vi como se marchaban de mi lado esos últimos rayos de sol sin que pudiera evitarlo. Quise detenerlos, agarrarlos con mis manos para que no se marcharán, retenerlos junto a mi para nunca quedarme a oscuras del todo...

Pero mis manos estaban ocupadas, sujetaban los remos de una barca de madera carcomida por el paso de los años. Aquellos rayos de luz no se estaban alejando. Era yo quien remaba, era yo quien huía a esconderme en la oscuridad mientras lanzaba al aire un último grito de auxilio al silencio de una noche cerrada y oscurecida por un manto negro sin estrellas.

La oscuridad siempre me había devuelto las fuerzas. El frío de una muralla de hielo siempre había sido mi mayor barrera. Tras ella, nada me alcanzaba, nada me hería, nada me tocaba...

Anoche forjé de nuevo aquella vieja muralla negra, pero todo fue diferente. No me sentí más protegido,... sentí que estaba muerto.


Realmente ese es mi mundo...

Y cada vez está un poco más claro que no sirvo para esto. No sirvo para estar rodeado, ni para estar al lado de nadie. Anoche pensé en que era lo que me había equivocado. Creo que en todo. Nunca debí soñar con un presente al que no puedo corresponder.

Veo como se refleja la oscuridad en mis ojos cuando me miro al espejo, como trato de huir de ella, de refugiarme en ti. Pero es inútil. Lo único que consigo es arrastrarte conmigo y eso no es justo.

Puede que haya llegado el momento de aceptar que realmente pertenezco a ese mundo. A ese mundo de sombras grises y luces blancas. Ese mundo donde siempre es media noche y el tiempo se mantiene en una pausa constante.

Anoche mientras pensaba, volví a aquella playa de arena gris oscura. Volví a notar su fría temperatura en mis pies mientras andaba suavemente por la orilla inmóvil del mar. Realmente aquel lugar no era feo si se sabía apreciar. Era cuestión de aprender a valorarlo, a percibir los matices de gris que ocultaban los colores que toda la vida nos han cegado.

Tampoco dolía estar allí. Allí nada te hace daño. El fuego te calienta con sus lenguas negras sin llegar a quemarte. Las caídas son tan lentas que nunca llegan ha hacerte daño. En ese lugar, definitivamente, no existe el dolor.

Pero es aburrido, tan sumamente aburrido que te hace gritar de desesperación por salir. Pero es mi mundo, un mundo que había sido un error intentar cambiar. Había sido un error huir. Y ahora, había sido un error traerte a él.

Ahora está un poco más claro que no sirvo para esto. Y sin embargo... no estoy seguro de que es lo que tengo que hacer...

Ojalá las noches fuesen más largas...

Carta a un amigo desaparecido

Querido amigo:

Parece mentira el tiempo que hace que no hablamos y lo mucho que te he echado de menos. El otro día soñé con una odisea en el mar, de esas en que las olas chocan como inmensas murallas de plata contra un barco de bronce repleto de fornidos marineros de los que hacen leyenda, y no pude evitar acordarme mucho de ti, ¡Como te gustaba el mar! Recuerdo cuando te quedabas mirándolo durante horas pensando, absorto en ti mismo como si buscaras en el agua cristalina la respuesta a todos los misterios del cosmos, y luego me mirabas con aquellos ojos azules marinos y estaba seguro de poder ver en ellos las mismas olas que rompían en la orilla de aquella pequeña playa de piedras grises y blancas en la que solíamos quedar.

Espero que allá donde te hayas ido sigas teniendo un mar al que contemplar en tus tardes muertas en solitario, aunque dudo que te fueras de aquí de no ser así. Por estos lares parece que sólo yo te echo de menos, lo cual no debe extrañarte ¿no es así? casi mejor que así sea, no me gustaría que nadie me preguntara por tu ausencia con el típico tono neutral del que busca con más ahínco el inicio de una conversación sin contenido que la propia respuesta. ¡Bastante te estoy echando ya de menos sin tener del todo claro el porqué!

En estos momentos me bastaría saber que vas a recibir esta carta, saber que ni el viento ni la lluvia borrará la tinta con la que han quedado impresas estas pobres palabras, mas por desgracia o fortuna no se lo suficiente de tu paradero como para poder mandártela. Creo que simplemente la tiraré al mar, encerrada en una botella del más puro vidrio cristalino, con la esperanza de que a través de él puedas verla y nadar en su busca. Con lo que te gusta el mar, estoy seguro de que acabará por llegar hasta ti, y que solo será cuestión de tiempo.

No voy a pedirte que vuelvas a mi lado, al menos no de momento. Creo que necesito seguir un tiempo alejado de ti, quizás para aprender a valorarte mejor, quizás para convencerme de que no te necesito junto a mi. En cualquier caso, parece el tiempo sólo sabe contestar cuando se le hacen las preguntas correctas. Intentemos no equivocarnos.

Tu inseparable amigo...

Sergio

Transporte público

Me subo en el autobús y apenas tres caras me acompañan, hay sitio de sobra. La temperatura es aun más fría en el interior que fuera, quizás el conductor sea novel y no sabe ni como desconectar el aire acondicionado. Tampoco importa.

Como siempre, avanzo hasta el final del auto y me siento en la última fila para poder ver a la gente subir y bajar, cada cual con sus vidas, con sus risas, con sus pensamientos y emociones.

Hoy sin embargo el bus va casi vacío, y de las tres personas que van conmigo dos se bajan en la siguiente parada. No sube nadie.

Estoy tan acostumbrado al agobio del transporte público a hora punta que me extraña tanta soledad. ¿Será porque es viernes? ¿Habrá pasado algo y no me he enterado?

Pronto me doy cuenta de que la única persona que queda en el vehículo a parte de mi, me está mirando fijamente. Es una chica de ojos verdes azulados como el océano, tan claros que se percibe su brillo desde mi posición, en el lado contrario del auto. Su pelo es claro también, de un color rubio que roza casi el marfil, y le cae como dos cataratas de oro blanco a ambos lado de su pálido rostro.

Intento mirar hacía otro lado y me concentro en la ventana, en las calles desiertas que avanzan con enorme velocidad desdibujando sus contornos y transformándose en manchas de colores difusas e incorpóreas.

Tampoco en la calle se ve a nadie pasar, ni hay más coches en la calzada. Casi agradezco la única presencia de aquella chica tan rara, pese a que su mirada tan fija y tan clara me cohibe y me pone nervioso hasta el punto de resultarme insoportable.

Pero se baja, poco minutos después parece que ella también ha llegado a su parada, y mientras el autobús se pone en marcha de nuevo veo como su silueta se pierde a lo lejos de una calle muy ancha y muy larga que va a parar a las afueras de la ciudad.

Ya solo estamos el conductor y yo, pienso apenado, y por un vago intento de vencer la monotonía del paisaje, me levanto y avanzo hasta su cabina para entablar una conversación de esas que se tienen por mera distracción y no conducen a nada.

Cuando llego, sin embargo, veo mi propio rostro concentrado, con la mirada fija en la carretera y ambas manos sobre el volante. Soy yo quien conduce.

Quizás cualquier otro se hubiera asustado ante tal visión, pero yo ya estaba acostumbrado a conducir mis propios railes, a mantener estúpidas conversaciones con un espejo de cuarto de baño.

Me senté de nuevo y esperé a mi parada, que a cada minuto que pasaba parecía estar más lejos.

Y aun espero su llegada... y aun sigo solo.

De la potencia al acto...

No nos damos cuenta de cuando cambiamos, pues estos cambios se realizan tan progresivamente que nos es imposible percibirlos. Pero suceden continuamente, vivimos en una continua evolución, en una transformación de principios, de ideas, de experiencias, de matices.

Y de pronto hay un día en que echas la vista atrás y te das cuenta de que ya no eres quien creías ser. Ya no defiendes los mismos principios. Y a veces, en los peores casos, te das cuenta de que te has convertido en aquello que odiabas, criticabas, o simplemente despreciabas.

¿Que hay que hacer en esos momentos? ¿Como subsanar un cambio que ya forma parte de ti? ¿Como deshacerlo si el hecho de hacerlo perjudica a personas que te importan?

En una sociedad tan entrelazada, vivimos unidos por lazos invisibles que atan nuestra vida a cuantos nos rodean. Nos entrelazan en una telaraña tejida con el hilo más débil y a la vez más resistente de todos.

Y nuestro entorno cambia. Y nosotros cambiamos.

... yo he cambiado...

Hoy he conseguido ver en lo que me he convertido. Hoy veo en mi, la huella de los defectos que con la más pura lógica racional había creído extinguidos. Hoy noto un reflejo de aquello cuanto duramente criticaba, marcado a fuego en mi propio ser.

Hoy me doy cuenta de que ya no soy ni lo que era, ni lo que quiero ser.

Hoy estoy un paso más lejos de todo y sin ganas de volver a caminar.

¿Y si la pesadilla no acaba?

¿Quién soy?

Ojalá conociera la respuesta. Ojalá conociera el motivo de todo esto, el sentido por el cual siento lo que siento, la razón de este distanciamiento general, de este aislamiento. Cuanto más me acerco a todos más lejos me siento, más aislado, más distante, más solo.

Siempre me había esforzado en forjar esa frágil barrera que me protegía del dolor, que escondía mis ojos para que nadie pudiese ver más allá de ellos.

Ahora todo ha cambiado. Mi muralla se extiende sola a mi alrededor y me cubre, me quema, me encierra. Intento echarla abajo pero ya no es frágil como antaño, es fuerte, demasiado gruesa para quebrarla. Intento derretir el hielo pero hace demasiado frío. El hielo se oscurece a cada noche como si absorbiese el negro del firmamento en el que ya no luce estrella alguna.

Oigo un grito, un niño que llora, un fuego que crepita débilmente intentando escapar de su inevitable extinción. Y luego silencio. Un silencio tan frío que hiela aun más mi muralla resaltando su majestuosidad.

Y aparece el miedo, un miedo irracional a lo desconocido, un miedo desconocido en si mismo que aumenta, que penetra en mi interior extendiéndose como un veneno.

Ya no tengo miedo a perder, ni a la soledad, ni al daño que puedan hacerme... y sin embargo tengo miedo, más miedo del que nunca he tenido.

Cada noche se vuelve más oscura, más solitaria, más fría...

Llueve, y las gotas de agua se escapan entre mis dedos sin mojarme, como lágrimas secas que estallan en mis manos, que me queman como acido.

Y un trueno rompe el silencio y el cielo se abre tras un rayo. Y de pronto sangre, mucha sangre a mi alrededor, en mis manos, en mi ropa. Un espejo roto que me devuelve mi sonrisa, y en mi pecho el corazón ya no late, esta parado.

Suspiro.

Me incorporo en mi cama tras sonar el despertador, comienza otro nuevo día. Igual que el anterior y el anterior. De nuevo siento esa cuerda que tira de mi y me aleja de todo cuanto necesito. Esa cuerda que me aleja de la mismísima necesidad.

De nuevo en una esquina, entre miradas furtivas, entre sonrisas, entre burlas descaradas, entre niños, entre luces negras. Un barrido general con la mirada y todos desaparecen. He cerrado los ojos.

Vuelvo a ver la misma escena tintada de rojo sangre. Vuelvo a tener el mismo cuchillo manchado en mis manos. Vuelvo a tener el pecho inmóvil, sin pulso, con la piel pálida y una sonrisa en el rostro. Y siento dolor, mucho dolor. Un dolor que no es físico pero duele mucho más.

Abro los ojos.

Vuelvo a estar en mi cama echado. Ya no se diferenciar los sueños de la realidad, se distorsionan, me confunden.

Ya no quiero levantarme. ¿Para que? Posiblemente sigo soñando y todo acabará igual, despertando después del olor metálico de la sangre.

Y ese día no voy a clase, ni al siguiente, ni al siguiente...

Y nadie me echa de menos...

El funeral de las estrellas

Comienzo a ver marchitarse la noche.

Las estrellas se apagan lentamente en un azar eterno de oscuridad infinita. Cae una lágrima por cada punto de luz que muere, que se marchita ante mis ojos.

Y cada día un poco más solo, un poco más lejos de todo, un poco más perdido, un poco más fuerte.

El silencio taladra la noche, ya no hay voces a mi alrededor que me acompañen, que me aconsejen, que me comprendan. No las hay porque yo las he echado de mi lado, las he alejado de mi, las he protegido de mi mismo.

Ahora junto al silencio parece acercarse la oscuridad.

No puedo dejar de pensar que lo mejor es cerrar los ojos para no ver como la luz se apaga. Quizás sea mejor darle al interruptor y que se haga de día, que la luz de todas las estrellas mueran en el mismo destello de luz que me ciegue.

Puede que sea la mejor forma de evitar sufrir. Y sin embargo, no puedo evitar aferrarme a esos puntos de luz en el cielo. Me he hecho adicto a su parpadeo, a su débil crepitar. Y al igual que una droga, esta adicción me está matando por dentro, me está desgarrando lentamente, como caen de lentas las lágrimas de mis ojos hacía el mismo marco de la misma ventana.

Nunca estuve hecho para soportar esta droga, y puede que esté llegando el momento de asumirlo y volver a la oscuridad.

Al compás de la lluvia

Las gotas de lluvia caían como estrellas brillantes que se desplomaban fugaces contra el suelo azul del horizonte. El silencio era roto solo por el compás sincrónico de las gotas al impactar contra el frío asfalto, por el correr incesante del agua en las calles y por el grito mudo de la lluvia al buscar en su camino, la libertad, sin ser ser consciente de que el mar no es más que una nueva cárcel mucho más estrecha que los cielos...

Atrapé unas gotas con mis man
os para contemplarlas, para verlas brillar mientras se escurrían entre mis dedos dejándome solo de nuevo contra el alféizar gris de aquella misma ventana rota de cada noche, de cada tarde, de cada día.

El amanecer golpeó mi cara sin que me percatase de ello. Era un amanecer frío y oscuro como la misma noche. Con un sol en alza tan negro y brillante como una esfera de obsidiana pura que, imponente como una divinidad, rompía los cielos nocturnos a su paso forjando un cielo oscuro sin estrellas de un día triste y lluvioso como el anterior y cuantos recuerdo.

Estaba cansado de esperar al tiempo. Mis ojos se cerraban y abrían al compás de la lluvia,... pero no dormía,... ya nunca dormía.

Estaba perdiendo la noción del tiempo, de la vida, de la cordura. Estaba perdiendo el mismísimo deseo de existir, de ser alguien. Quería transformarme, salir de mi cuerpo y convertirme en una gota de agua más que, al compás del amanecer, me fundiese como rocío o como llovizna, para acabar sin temor ni recuerdos en el dulce e infinito azul océano.

Pero aquel día no era mi día, ni aquella semana mi semana, ni aquel mes mi mes, ni aquel año mi año. Aquel momento no era más que tiempo de escribir con suspiros una carta al viento, y leerla al sol pidiendo, quizás, que mañana se rindiera a la luna, y la noche fuese eterna por fin.

Y ha pasado el tiempo desde aquella madrugada sin que nada cambie. Días, semanas, meses, años... y todos... todos han sido iguales.

Ahora que no estás

El laberinto se oscurecía lentamente bajo el influjo de una presencia invisible. El fuego de las antorchas que iluminaban los corredores se tornó negro como la obsidiana y una bruma oscura casi opaca comenzó a extenderse por los pasillos de acero.

Noté como la temperatura descendía bruscamente hasta helarme la piel, como una fina capa de escarcha gris cubría mi piel indefensa y la desgarraba por dentro.

Intenté llamarle como tantas veces había hecho antes, pero ya no estaba conmigo. Su presencia se había esfumado dejándome bajo los designios de aquella bruma negra que lo comía todo a su paso. Le llamé sin parar hasta que mi garganta se quedó seca y sin habla, pero ya era tarde…

Dos luces rojas como rubís iluminaron de pronto el laberinto dilatando mis pupilas y paralizando mi cuerpo. Dos luces que brotaron como minúsculas calderas de odio que se entrelazaban con hebras de fuego forjando la silueta de un ser que haría estremecerse al mismísimo diablo.

Vi como ese ser nacido de mis pesadillas expandía de nuevo las sombras por los corredores del laberinto, sumiendo la estancia de nuevo en una penumbra solo rota por dos débiles puntos rojos que crepitaban en el silencio fantasmal de aquella noche helada de invierno.

Y sin embargo al mirar a la criatura a los ojos, observe que su poder no había menguado, su fuego se concentraba alimentado por su ausencia, bebiendo de su perdida, fortaleciéndose ahora que ya nada podía pararlo. El frío me quemó por dentro haciéndome cerrar los ojos con fuerza y soltar un grito que quedo ahogado en la oscuridad.

Y ya no volví a ver nada.

Cuando abrí los ojos de nuevo el espejo devolvió el mismo rostro que antaño, pero mis ojos ya no me pertenecían. Mi cuerpo había quedado completamente sumido al poder de la sombra.

Pero no me importó…

… porque él ya no estaba conmigo…

...me abandonó...

Poco a poco las cosas volvieron a su cauce. Las tenues notas musicales brotaron de nuevo afinadas y perfiladas al compás de una melodía incansable y elocuente. La lluvia se transformo en una niebla blanca y fresca, que se fue dispersando a medida que la tarde teñía de rojo el cielo.

Allí estaban las rojas y cálidas sonrisas del verano, las llamas fervientes del crepúsculo otoñal, y las quemaduras inherentes al granizo del invierno. Quizás un poco más frías que antaño, quizás mas controladas que en los inviernos pasados… y sin embargo estaban de vuelta, alimentadas por un fuego interior que parecía desafiar al núcleo ardiente de las estrellas que punteaban el firmamento.

También estaban los niños que jugaban gráciles en el parque con sus padres arropándoles en el calor de sus brazos, y parecían volver a ser felices. Ya no lloraban, ni gritaban, ni se perdían en la estela de una lágrima que palpitaba en el viento.

Que bello sentirlo todo de nuevo…

El tiempo me había jugado una mala pasada, una tirada de dados perfecta que había dado la vuelta a la partida, había tornado las cuentas y ahora tocaba mover a mi ficha de hielo, que al compás de la melodía y con el rugir del viento, comenzaba a derretirse en un baile de lágrimas sin aparente sentido.

De pronto me di cuenta de su ausencia…

La vi tan clara como la más reluciente de las señales, como la más cruda de las realidades. Él no había vuelto, y su marcha ponía en peligro todo cuando tenía de nuevo en mis manos. Su ausencia hacía tambalearse los cimientos de todo cuando era importante para mí.

Pero él no había vuelto,… y parecía no querer volver...

Y ahora por fin… comprobé cuan dependiente de su cuerpo era…

…me había dejado solo…

Atrapado en el tiempo

¿Alguna vez has tenido la sensación de vivir atrapado en el tiempo? ¿De haber caído preso del continuo pestañear de la monotonía?

A veces cuando me despierto por las mañanas tengo la sensación de vivir en una extraña película que se repite sin llegar nunca a terminar, con el continuo esperar de un momento que parece que siempre está a la misma distancia, en el mismo futuro próximo pero inalcanzable.

Las mismas calles, la misma gente, las mismas clases, las mismas tardes, las mismas noches, los mismos recuerdos, las mismas ilusiones… Si no tiene sentido vivir dos días iguales,… ¿Dónde encontrar el sentido a vivir semanas iguales, meses iguales? ¿Qué hacer si el mismo principio que le da sentido a todo se repite incesantemente hasta aburrir? ¿Qué ocurre cuando se cumple esa meta que llevabas tanto tiempo esperando y de pronto te quedas vacio y ya no sabes que buscar? Y si sabes que ese momento se acerca… ¿Cómo te preparas? ¿Cómo lo vences?

A veces cuando me despierto desearía seguir durmiendo, seguir echado en la misma cama, del mismo cuarto, de la misma casa. Escucho caer la lluvia y el sonido de todas las gotas me parecen iguales, con el mismo compas rítmico de un reloj de pared que se ha quedado atascado a tan solo un segundo de un nuevo día que no llega.

Y una vez más recurro a las mismas veintisiete letras de siempre, con las que narrar casi con las mismas palabras, los mismos sentimientos, de la misma persona que sigo siendo desde hace tanto tiempo…

Y una vez más, no tengo tiempo…

Lo echaba de menos...

He vuelto a pisar las orillas de la charca que antaño abandoné. He vuelto a pisarlas con los pies descalzos, y de nuevo he sentido mi vida pasar ante mis ojos como gotas de agua que caen al llover.

Me di cuenta de pronto del tiempo que había pasado, de cuanto me había cambiado el trascurrir de los días y los meses. Me sentí solo, tan solo que la noche al instante se vació de estrellas. Pero no estaba triste, algo dentro de mí latió con fuerza, con ferocidad, con un crepitante llamear de un fuego inextinguible.

Entendí cuando había echado de menos estarlo, sentirme aislado de todo. No es que estuviera solo físicamente, ni que nadie ocupara mi mente, no… Estaba solo en el mayor sentido de todos, tenía la capacidad de estar conmigo, de escuchar mis pensamientos, mis ideas, mis temores, mis lamentos.

De pronto noté una fuerza tan potente que me hizo estremecer, me sentí capaz de todo, dueño de todo cuanto me rodeaba. Me sentí capaz de elevar mi muralla hasta los cielos de un color tan negro y puro que no hubiera luz que pudiera atravesarla. Capaz de decir adiós, de romper los lazos que me ataban, de secar cualquier lágrima que intentara brotar de mis ojos.

Y sin embargo no hacía falta, no necesitaba un escudo si era capaz de crearlo llegado el momento. Mi mayor defensa ya no era la indiferencia ni la oscuridad. Mi mayor defensa estaba ahora clara.

Y ya no parecía haber vuelta atrás…

Iniciando las despedidas...

Aun recuerdo la primera vez que me dijeron que los amigos son eternos, cuando me dijeron que un amigo está siempre que lo necesitas, que cuando te desvías de tu rumbo él siempre está esperando que vuelvas y te perdona, te perdona porque es eso lo que hacen los amigos…

Recuerdo que jamás creí en esas palabras edulcoradas y adornadas con más mentiras que verdades. Y cada año que pasa encuentro una nueva prueba del engaño, de la farsa. La amistad es lo más frágil que hay, ni tan siquiera el amor lo es tanto.

Miró a mi alrededor y me encuentro con mis amigos, están todos, a quienes admiro, a quienes aprecio, a quienes respeto. Estamos todos juntos, codo con codo, en un cruce de caminos. Puedo oír como respiran, como hablan, como cooperan. Y sin embargo todos han elegido ya caminos diferentes, todos inconscientemente han firmado ya su propia despedida y sin saberlo han comenzado a andar hacia el olvido.

¿Hablar con ellos? Es cierto, no servirá de nada. No se puede unir una relación que ya ha comenzado a separarse, no se puede mantener a la fuerza, no se puede hacer nada…

Quizás ha llegado ya la hora de este grupo que tan buenos ratos a pasado. Pongamos como culpable al tiempo, pues no tiene sentido culpar a nadie más que a él.

Y es que la amistad es frágil, no aguanta el desgaste ni te espera siempre.

Y los grupos aguantan mucho menos…

Derritiéndose como el hielo...

La primera gota de agua que cayó sobre mi rostro fue lo que me alertó del cambio. Una gota de agua fría y etérea como la misma bruma, que brotó de la superficie helada de mi barrera pulida, como la nota aguda que se arranca del último tocar de una trompeta antes de ser destruida.

Miré inconscientemente hacia arriba y observé cohibido mi escudo, una enorme masa de hielo perfectamente pulido y de un color negro azabache que haría palidecer de miedo a la oscuridad más densa. Era hermosa pensé, sombría y aterradora sí… pero hermosa, perfecta, intocable, siempre tan dura, tan resistente, tan fría, tan infranqueable, tan inmensa…

Ahora sin embargo se derretía, su majestuosidad caía bajo el poder de un fuego blanco e incontrolable, que lo quemaba todo a su paso. El hielo negro se quebraba, se fundía y evaporaba a cada segundo, a cada suspiro.

La luz blanca impactó en mis ojos como un torrente de energía implacable que abrazó mis ojos y me dejo ciego. Escuche resquebrajarse toda la muralla, y cerré instintivamente mis cegados ojos para protegerme, al tiempo que miles de pedazos de hielo negro y afilado se abalanzaban sobre mi cuerpo ahora indefenso.

Noté cada trozo de mi escudo impactar sobre mi cuerpo rasgándolo, quebrándolo, dañándolo, fundiéndose con él… Pero también sentí calor, un calor nacido del fuego que ahora se alzaba real ante mí con todo su esplendor. Noté su fuerza en cada centímetro de mi piel, su calor, su belleza.

De pronto me sentí completamente acogido en su inmensidad, protegido entre sus brazos cálidos.

Y cuando pude volver a abrir los ojos esperanzado,… mi cuerpo estalló en llamas.

Encerrado tras un beso

Un beso dulce y cálido a la vez roza mis labios ardientes con pasión. Mi lengua se entrelaza con la suya en un baile candente e interminable de nuestras bocas. Una sensación de calor asciende por cada centímetro de mi piel haciéndome estremecer. Una sensación de seguridad se apodera de mi con rapidez despejando mi mente de toda preocupación. Mantengo los ojos cerrados con fuerza en un intento por mantenerlos cerrados para siempre.

Pero un fuerte ruido a lo lejos me hace abrirlos haciendo que todo el calor se desvanezca. Frenando los escalofríos de una forma rápida y macabra que me hace caer de rodillas al suelo.

A mi alrededor cuatro paredes blancas delimitan una habitación cerrada de tan solo cuatro metros cuadrados. Apenas tengo espacio para acostarme, para escuchar los latidos acelerados de mi corazón volver lentamente a su ritmo normal. La pequeña ventana circular del techo es suficiente para iluminar la pequeña estancia, y sin embargo su cristal semitintado de blanco no permite contemplar el cielo, ni la luna, ni los pájaros.

La sensación del beso ya se ha quedado aislada en un recuerdo lejano. Aquel ruido que me hubo arrancado de mi fantasía se ha callado, dando paso al mas sórdido de los silencios.

Ya no soy capaz de llevar la cuenta del tiempo aquí encerrado entre las paredes blancas de mi mente dormida. Y sin embargo sonrío y río cuando estoy con la gente, cuando hablo por teléfono o por el messenger, cuando pueden verme y tengo que mantenerme sereno y alegre.

Y sin embargo nunca salgo de mi habitación blanca e inerte, donde sueño despierto cada día, con un beso que me despierte.

La Escritora

Este relato va dedicado a los que leen, a los que escriben, a los que sueñan, a los que ríen, a los que lo intentan, a los que apoyan,… a los que viven.

Pero más allá de todos ellos, va dedicado a mi escritora.


La suave tinta del bolígrafo se deslizaba rauda por el papel amarillo papiro de su cuaderno personal. Trazaba letras perfiladas con una caligrafía cuidada al milímetro, perfecta, pura, única. Cada vez que la punta se elevaba del papel se podía oír el suspiro del viento al secar la tinta con una suavidad nacida de cada palabra escrita.

Cada letra que contorneaba se unía a las demás en un continuo baile de figuras anónimas, que al juntarse adoptaban la identidad mística de una historia por contar. Cada palabra relataba un minúsculo detalle extra del paisaje otoñal que se comenzaba a perfilar a lo largo y ancho de la habitación de la joven.

A cada coma se realzaba el color de las hojas cálidas que caían de los enormes arboles ancestrales, que bordeaban el pacifico rio que descendía de la inmensa montaña. Cada párrafo hacía brotar algo nuevo en el paisaje, una nueva ave de blancas plumas que volaban al son incansable de la música que hacía el bolígrafo al deslizarse entre sus dedos.

La habitación se transformaba en apenas unos segundos, en un universo de años de historia y majestuosidad. En un paisaje de fantasía y realismo a la par. En un escenario de colores oscuros y claros, que se enroscaban en las paredes que rodeaban a la escritora aquella noche de caluroso verano.

El sonido de las hojas al pasar se fundía con el de las aguas al caer rio abajo, con el de los pájaros, y con el del mar del horizonte.

Cuando la escritora puso el último punto de aquel día, se dio la vuelta un instante para contemplar el mundo que había creado, a buscarle cualquier minúsculo fallo que se pudiera arreglar quizás con una puntuación diferente o con algún adjetivo más.

Finalmente cansada, tapo el bolígrafo para que no se secara y cerró con suavidad su cuaderno de hojas color papiro. Y cuando lo hizo y se levanto para ir a la cama, su habitación volvía a tener solo cuatro paredes, y una mesa de pino al lado de la ventana.

Ojala todo el mundo fuese capaz de sentir la magia que hay en las palabras pensó, y sin más se quedo dormida.

Los días se oscurecen...

Los días se tornan negros, afilados, punzantes... La noche se funde con el día en una macabra sonrisa de estrellas, en una fusión de sol y luna, en un apagón inminente.

El cielo comienza a llorar, y sus lágrimas se entrelazan por senderos de arena negra azabache forjando sinuosos caminos de la montaña al mar.

Las aguas de la orilla se calma lentamente hasta quedar inmóviles como una fina y oscura capa de cristal tintado que se extiende mucho más allá del horizonte y que se lleva con ella el sonido de la lluvia al caer, quedando mis últimos lamentos enmudecidos por un silencio ensordecedor que arranca un ultimo suspiro a la noche en forma de brisa marina empapada en sal.

El intento inútil por llorar hace brotar finas gotas de sangre roja esmeralda de mis ojos, delineando éstas mis párpados en su descenso hasta el suelo de mármol gris sucio y desgastado.

Mis rodillas chocan contra él sin arrancarle una misera nota de sonido que pudiera amainar el silencio que envuelve la penumbra de la casa con sus alas de soledad y rabia decoradas con la angustia del tiempo que pasa y pasa sin detenerse ante nada ni nadie.

Macabra imagen se dibujaba contra el espejo roto de la pared de enfrente, donde pude ver mis ojos llorar sangre mientras sujetaba con fuerza un cuchillo empapado en lágrimas de una transparencia tan pura como el agua de mar.

Pronto mi vista se nubla tras un torbellino de tonos grises rojizos que se funde finalmente en un negro puro y perfecto.

Así fue como desperté del sueño llorando en mi cama tumbado, rezando por no despertar nunca más del sueño. Por no tener que vivir más en aquella realidad.

Ojalá dejase de llover...

Llueve.

Recuerdo que hubo en tiempo en que la lluvia me parecía hermosa, juguetona, alegre, incansable, feliz... Ahora sin embargo la encuentro triste, amarga, como si fuesen millones de lágrimas que lanza el cielo al llorar.

Me tapo la cabeza con la manta, no quiero ver llover, no quiero imaginarme bajo la lluvia contigo y darme cuenta de que es imposible. Tampoco quiero oírla, pero el sonido incesante de las gotas de agua rompiéndose en el suelo atraviesa la manta y me quema por dentro.

Debajo de mi manta no hay mucha luz, tan solo la justa para comprobar que estoy completamente solo en la cama. Puedo ver sin dificultad las cuatro esquinas y el borde de las sabanas, y todo ello gracias al débil resplandor de la luna que consigue atravesar la manta.

¡Pero que frío que hace! ¿Llorará por eso el cielo? ¿O será que echa de menos sentir en el viento el contacto de nuestras manos? ¿Llorará porque sabe que hace demasiado tiempo que no consigo soltar una lágrima y quiere regalarme las suyas?

Cuatro y media marca el reloj en mi improvisada mesilla de noche. Tengo que dormirme como sea, cerrar los ojos y no pensar, tratar de no escuchar la danza mortífera de las gotas de agua contra el escenario que es mi ventana.

Y entre gota y gota, entre nota y silencio, me duermo sin soñar o sin recordar el sueño.

Y a la mañana siguiente despierto temprano, retiro la sabana y la manta de mi cara, y observo como amanecer en el horizonte a través de mi ventana.

Me levanto ya sin ganas, y comienzo un nuevo día sin tan siquiera darme cuenta de que el suelo de la calle está completamente seco. Anoche no llovió y lo sé, ya no me resulta raro. A veces la lluvia que veo caer se me antoja demasiado real para recordar que me la estoy imaginando.

¡Que tontería pensarán! Tan solo son lágrimas que no consigo derramar.

¿Donde estás?

Anoche miré a mi lado y ya no estabas conmigo. Mi cama se encontraba desierta, solo ocupada por mi cuerpo encogido en una esquina. Se me antojo raro no tener tus brazos abrazándome, no tener tu rostro apoyado en mi pecho, no tener tus labios a pocos centímetros de los mios, el tener frío...

Y otra vez caí en la cuenta de que nuestro tiempo juntos se había ido, sin vacilar ni por un instante, sin treguas, sin descansos. El tiempo juntos se me había escapado de las manos como el agua corriente que cae por una cascada que da al mar.

Ahora el mar vuelve a separarnos, como siempre, como si nuestro destino fuese no poder estar juntos.

¿Por qué nos conocimos entonces si no podíamos seguir juntos? ¿Por qué me enamoré de ti y tu de mi? ¿Es justo no poder verte más que en fotos ahora que la distancia vuelve a interponerse?

Soñé durante días, semanas y meses el verte, el tenerte junto a mi sin nada que nos separase.

El sueño se hizo realidad... y acabó.

Ahora solo puedo esperar.